Hay historias que no empiezan con un plan, sino con una pasión. La de Mariano, el mayor de los tres hermanos, es una de ellas. Fue él quien dio el primer paso en este oficio, quien descubrió el lenguaje del metal, las formas y los detalles… y quien, casi sin proponérselo, terminó contagiando a Santiago y Matías.

Mariano no solo hace joyas: las construye desde una lógica propia, donde la técnica y la identidad van de la mano. Con el tiempo, se especializó en cadenas, convirtiéndose en un referente dentro de este tipo de piezas. Sus trabajos no pasan desapercibidos: hay algo en su forma de diseñar y de trabajar que las vuelve únicas.
Las cadenas que crea —muchas veces en puntos peruanos, trafiladas y macizas— tienen carácter. Algunas son compactas, firmes, con presencia; otras más flexibles, pero igual de sólidas. En todas hay un equilibrio muy particular: un aire que puede ser crudo, incluso con tintes vikingos o metaleros, pero que al mismo tiempo se siente refinado y cuidado en cada detalle.

Esa dualidad es, quizás, lo que define su estilo. No se trata solo de fuerza o de estética, sino de cómo cada pieza logra transmitir ambas cosas a la vez. Y eso no se limita a las cadenas: también se refleja en sus pulseras, donde mantiene esa identidad tan marcada.
Además de su trabajo en el taller, Mariano comparte su conocimiento. Participa como docente en masterclasses de joyería junto a disertantes internacionales, formando a otros que, como él en su momento, encontraron en este oficio un camino.
Hoy, sus piezas forman parte de nuestra tienda. Y cada una de ellas lleva algo de ese recorrido: el inicio de todo, la evolución y una forma muy personal de entender la joyería.
